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2007/10/19 Despedida a Keny de un buen amigo
Reparé en su mirada. Estaba entrando en una fase de indiferencia, incluso a la tristeza. Parecía haberse resignado ya a que sus últimos mensajes no fueran entendidos. No, al menos, del todo. Somos tan raros los humanos. Siempre enredados en complejas y enmarañadas reflexiones que tejemos para camuflar nuestra extrema simplicidad, nuestra ingenuidad pueril de especie joven, inmadura y voluble. Sin duda sentía la inminencia de su cita con el último sueño pero sus ojos no mostraban miedo ni ansiedad. No comía y apenas se movía. Se mostraba tranquila, como quien ha cumplido honestamente todos sus cometidos y ya solo apetece retirarse al silencio. Sabía que lo haría prontamente y que no estaría sola, no del todo, en su evasión del tiempo. Parecía sentirse contenta de su suerte. Pudiendo tener amos había tenido amigos, familiares humanos que, desde la humildad, alcanzaron la grandeza suprahumana de intentar comprenderla, llegando a renunciar a la ilusoria y vana convicción de superioridad que suele afectar al común de las gentes y que nubla su ya escasa capacidad para expandirse en el entendimiento de las cosas y en el ubicuo amor del universo. Amor fue, sobre todo, lo que encontró en aquella familia que la integró en su seno como un miembro más. Y por amor a ellos, y por amor de ellos, se humanizó un poquito renunciando a la plenitud de sus potencialidades de especie antigua, sabia y libre.
Reparé en su mirada. Parecía decir: “Estamos todos, incluso alguno más de la cuenta. Pero no importa. Ese tipejo calvo y pesado que acaba de sentirme la mirada se irá pronto. Ya le he visto otras veces y siempre con el mismo rollo. Isabelo y él no paran de hablar de cosas que jamás podrán comprender (y mira que son simples) Parecen cachorrillos inexpertos y deshorientados, como si acabaran de llegar al mundo. Aurora está disfrutando la efímera presencia de Gabriel que escribe extraños e inútiles signos sobre un papel, en la cocina nueva. Resulta grato percibirle tan cerca, sin tener que esforzar los sentidos como cuando está en aquellas lejanas tierras llenas de humedad y de yerbas casi inodoras que se me diluyen en la fría sal de un mar distante y distinto del que tengo allí, al lado de mi otra casa donde el sol sale antes y donde ya no volveré. Sé que lo tienen todo planeado respecto a mi partida. Se ocuparán de que no sufra dolor en el tránsito, de que mi viejo cuerpo descanse en esta tierra y de que en ella rinda sus últimos servicios a la persistencia de las diversas formas vivas que la pueblan. Creen que aquí descansaré más a gusto y así será si ellos lo creen. Pronto tendrá lugar la ceremonia. Estaremos los cuatro, la familia al competo, habrá gratos aromas del tomillo que un día soñó Isabelo, y será hermoso e íntimo, sin liturgias hipócritas, fatuas ostentaciones, absurdas burocracias, restricciones o normas. Luego volverán solos y tristes y abatidos. Quizá les acompañe, ya sin que puedan verme, un tramo de camino, por entre los olivos, antes de comenzar la nueva etapa. Quizá, entre los olivos y mi espíritu, podamos consolarlos un poquito, transmitirles la fe de que han cumplido, de que tal vez volvamos a encontrarnos y a recordar, felices, nuestra común andanza por este oscuro mundo y, en una lengua abierta, plenamente accesible para su entendimiento, les contaré secretos que ellos ni se imaginan de lo que compartimos en estos breves años; de lo que yo sabía y ellos no sospechaban; de aquello que quería decirme el calvo ese, entre humazo de puro y trago de cerveza; de lo que comentaban los olivos, las matas de tomillo y el romero cuando íbamos a verlos y a sentirlos; de aquellas intuiciones que tenían a veces y que nunca lograban escalar a certeza. Me gustaría decirles que estoy agradecida, que les amo, que hice todo cuanto pude por ellos, y que espero haber compensado así lo mucho que ellos hicieron también por mí. Me gustaría tanto. Pero ahora ya es tarde y estoy un poco triste por que sé su tristeza, carga mucho el ambiente y, además, es otoño.” Reparé en su mirada Recordé la de Álder, un perro conocido en años ya remotos. Expresaba lo mismo: Tristeza por nosotros, pena de abandonarnos a nuestra suerte incierta, de tener que dejar de protegernos. Y sobre la tristeza, en matiz ascendente, la mansa indiferencia del que conoce todo, exactamente todo cuanto tiene que conocer y ni un fotón de más y ni un fotón de menos. Reparé en su mirada y presentí que, a veces, los espíritus grandes toman cuerpos humildes. Me abrumó en un instante la fuerza del misterio y lo ahogué con cerveza por que no se notara. Reparé en su mirada y me sentí pequeño al par que ella crecía ante mis ojos. No pude sostenerla, la desvié hacia el humo y, ahora, hacia el recuerdo.
Florentino Caballero. Camuñas, Octubre de 2007
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